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CARTA A LOS CIUDADANOS DE CATALUÑA

En la presente no te hablaremos de los problemas que, como ser humano, has de soportar cada día en el trabajo, en tu casa, en la calle o en el lugar donde estudias, para salir adelante en esta lucha cotidiana que es la vida, sino de la causa común de muchos obstáculos con que topas como ciudadano -y que se añaden gratuitamente a los que ya conlleva el simple hecho de existir-, a saber: la incompetencia, la corrupción y la manipulación perpetrada por los políticos profesionales.

A pesar de que en las encuestas, los ciudadanos valoran críticamente la ineptitud de sus dirigentes, se debe reconocer que no existe todavía una conciencia cívica clara de la relación que efectivamente hay entre el mal funcionamiento del país y el fangal mafioso en que se han convertido nuestras instituciones democráticas. Esta afirmación no significa que todos los políticos, individualmente considerados como personas, cometan delitos, sino que el estado de cosas actual, el escándalo cívico permanente por hechos como la inmigración incontrolada, el aumento de la delincuencia, el colpaso de las prisiones, el fracaso del sistema educativo, el caos de las infraestructuras, el encarecimiento de la vivienda, el paro, la inestabilidad laboral, etc., sólo son posibles como resultado de la corrupción consentida o tolerada por unos políticos y altos funcionarios más preocupados por hacer carrera que por cumplir la ley.

Así, que los políticos, altos cargos y altos funcionarios hayan, o no, perpetrado delitos, esto han de decirlo los jueces, pero lo que sí sabemos sin necesidad de sentencias y con absoluta certeza es que nuestros representantes colectivos no hacen absolutamente nada para abordar la decadencia moral del gobierno y de las administraciones catalanas.

Cabe recordar, en este sentido, que son los políticos los que, en el Parlamento o el Congreso de los Diputados, hacen las leyes, incluido el código penal que define que es y que no es un delito. ¿Nos debe extrañar, entonces, que nunca haya sido tipificado como tal del delito de corrupción política? ¿Conoce este dato crucial la mayoría de la gente? No. Pero así es. Este agujero legal deliberado provoca que los casos de corrupción hayan de ser perseguidos bajo otros tipos penales, de manera que a la postre los que van a prisión son los que se juegan la piel en las fechorías concretas, pero no los grandes beneficiarios, cabezas visibles y referentes simbólicos de la sociedad catalana.

Pensemos en el caso de Unió Democrática de Catalunya (UDC), la finca privada de Josep Antoni Duran i Lleida, un partido que allí donde ha gestionado un departamento de la Generalitat, allí han detectado los jueces un escándalo de corrupción. Conviene recordar, en este sentido, las palabras de Núria de Gispert -tan criticadas por el experto en corrupción Josep Vergés- en una carta a sus afiliados: „nuestro compromiso va más allá de la ley“. La crisis de las finanzas de Unió desde que ha salido de las instituciones y no „toca poder“ es un síntoma claro de lo que podría representar la existencia de un tipo penal de corrupción política. En lugar de esto, lo que tenemos son toda una serie de resoluciones judiciales que afectan a personajes de segunda fila y dejan impunes a las denominadas „personalidades“ de la vida política catalana, consideradas intocables, comenzando por Jordi Pujol, principal promotor de este modelo nefasto de hacer política y encarnación del catalanismo vigente.

Otro ejemplo es el descontrol de la inmigración, que muchos políticos dicen lamentar -otros la apoyan abiertamente-, pero que no cesa. Los ciudadanos deberían saber que la vigente ley de extranjería considera la entrada ilegal en el país como una mera falta administrativa, es decir, por poner un ejemplo, como una multa de tráfico, de manera que los infractores, que no son considerados delincuentes pese a haber forzado una frontera, no pueden ser detenidos más que unas horas y escapan a la justicia pagando una multa de sólo 301 euros. Por otro lado, las órdenes de expulsión que la ley prevé como alternativa a la simple multa no se cumplen, de manera que cada vez tenemos más delincuentes en la calle y las prisiones a reventar. Esta ley malintencionada y cívicamente alevosa, ha sido diseñada expresamente por los políticos a efectos de favorecer la invasión de inmigrantes que padecemos, en perjuicio de los trabajadores autóctonos. Los políticos profesionales, que conocen el rechazo de la mayoría del pueblo hacia este fenómeno, actúan así contra el mandato de sus propios electores, perjudicándolos abiertamente, y son, por tanto, corruptos aunque no hayan sido condenados por juez alguno.

Sin embargo, ¿qué relación tiene todo lo que hemos dicho con la incompetencia que tanta indignación -no así la corrupción- levanta entre los ciudadanos de Cataluña?

Aquí está la clave del asunto, porque las instituciones públicas y los partidos políticos sólo pueden funcionar de manera eficaz si la selección y promoción del personal está motivada por la capacidad real de las personas y no por otros criterios ajenos al servicio. A pesar de ello, en Cataluña lo que menos importa es la profesionalidad y, mucho menos aún, la voluntad de respetar y hacer cumplir la ley, fundamento del sistema democrático.

De hecho, los políticos y funcionarios honestos no interesan a los que mandan realmente, porque una persona dispuesta a defender la legalidad como si fuera „la muralla de la ciudad“ (Heráclito) en un mundo donde, quien más quien menos, transgrede las normas alguna vez en beneficio propio, de los familiares o de los amigos y correligionarios, sólo puede generar problemas y conflictos. Lo que se necesita, en este ambiente putrefacto y tóxico para la transparencia institucional, son los denominados pragmáticos, es decir, los clásicos elementos trepadores sin demasiados escrúpulos, dispuestos a tapar lo que convenga y, sobretodo, a ser fieles al amo que los está promocionando hacia el éxito en una emocionada y „patiótica“ relación de vasallaje personal.

Esto quiere decir que la incompetencia se añade a la corrupción, porque las personas preparadas no necesitan los favores de nadie para avanzar en su carrera política, empresarial o administrativa. En cambio, los que sólo pueden ofrecer su fidelidad perruna a quien les ha concedido la poltrona o la subvención, difícilmente harán las cosas bien cuando por fin gozen de algún cargo público y hayan de solucionar problemas reales ajenos a la cotidiana práctica de culto al dirigente.

En una sociedad sana, un político o un funcionario capacitado debería poder conquistar el puesto de mando sin ser apadrinado, pero precisamente esto sería lo que lo haría peligroso a los ojos de los que mandan, porque si no depende de ellos, es decir, de los grandes corruptos intocables e impunes, ¿quién le impedirá denunciar los muchos abusos, fraudes y fechorías existentes? Así, la competencia profesional, que en el funcionario va ligada a la honestidad, en Cataluña no es un mérito, sino amenaza y motivo de reprovación. Lo que vale aquí es la denominada „confianza“, y esto significa: la lealtad a la oligarquía catalana de doscientas familias enquistadas en el seno del dispositivo institucional y administrativo, auténtico meollo de la cuestión que estamos planteando.

Dicho brevemente: tenemos una selección del personal político, sí, pero una selección en negativo. Los corruptos incompetentes suben, los honestos capacitados se quedan abajo. Y al final, Cataluña se colapsa, pero ¿se podía esperar otra cosa?

Porque, en efecto, estas poderosas familias tienen hijos, parientes, amigos y socios que conviene situar en la vida, facilitarles las cosas, cubrirlos de prebendas, etc., pero la mayoría de ellos no son demasiado listos ni trabajadores, pese a que, esto sí, a todos les gusta vivir bien. De manera que serán necesarios muchos funcionarios, altos cargos y políticos „catalanistas“, „patriotas“, „nacionalistas“, etc., para satisfacer la demanda de enchufes bien remunerados. Los mencionados son sólo eufemismos para endulzar aquella realidad a la que se refería Núria de Gispert, a saber, ese famoso „compromiso“ misteriosamente situado „más allá“ de la ley ----más allá pero no demasiado lejos de nosotros; para entendernos: en las urbanizaciones de lujo donde viven los auténticos resposables de lo que la mayoría de los trabajadores estamos padeciendo en Cataluña en un disimulado pero constante proceso de desmontaje del Estado de Bienestar.

Ahora bien, han sido los gestores económicos y políticos de la oligarquía catalana los que nos han traído a los inmigrantes porque, beneficiarios como son de los grandes intereses financieros, necesitan mano de obra barata, la forma fácil e incompente de reducir costes, siendo así que los extranjeros hacen el mismo trabajo que los de casa pero a mitad de precio. Por tanto, pese a que nosotros encarnemos la inmensa mayoría de la población de la nación que ellos dicen amar tanto, pues se califican a sí mismos de nacionalistas, patriotas y unas cuantas cosas más, en realidad, cuando los políticos catalanes hablan de Cataluña y de „compromiso“ nacional, se refieren a un círculo bastante más reducido de personas, que se engorda a base de negocios con la nueva mano de obra semiesclava pero también, pues no tiene bastante, con el dinero de todos. Una minoría elitista que está siempre deseosa de nuevas ganancias y necesita de un dispositivo institucionalizado y permanente de explotación, expolio, robo y fraude a costa de los servicios públicos y, en consecuencia, del pueblo que los sufraga con sus impuestos. Este montaje es lo que hogaño se denomina catalanismo, y lo que representan personas como Artur Mas o José Montilla. Para poder seguir adelante con el sistema sociopolítico actual, la oligarquía trae, en efecto, inmigrantes y los desangra, de manera que los trabajadores -con la colaboración de los sindicatos amarillos, como UGT y CCOO- aceptamos los salarios rebajados o nos vamos al paro, pero la oligarquía no tiene suficiente, ha de succionar también de los presupuestos y de los recursos colectivos -recordemos el Institut Català de Finances- y esto significa incumplir la ley, vaciar la caja del erario público y promocionar a la tropa de cínicos sin escrúpulos que encubra todas estas prácticas, una caterva que, de forma inevitable, deberá alimentarse de incompetentes cuyo único mérito será permanecer en el cargo y calentar la poltrona con la boca cerrada.

Y hete aquí que ya sale a la luz cuál es la causa verdadera de la sensación bancarrota cívica y política que actualmente vive Cataluña y el descrédito del catalanismo. Podríamos calificarlo de „caos de las infraestructuras morales“. De éste se habla poco en los diarios del sistema, pero se evidencia en los altos índices de abstención electoral, en el fracaso del Estatut y en el desprecio de la gente de a pie hacia los políticos catalanes como casta cerrada.

En efecto, las consecuencias de lo que hemos dicho son evidentes. Cataluña experimenta una auténtica situación de emergencia cívica, fruto de la incompetencia, pero este malestar no es casual, sino que brota de la necesidad de ubicar estratégicamente en las instituciones públicas a individuos que responden al principio de lealtad personal, el famoso „personalismo“ del que hablaba Pujol, garantia de que no se ventilarán las suciedades de los poderosos. Así, tras la patente ineptitud se esconde el gusano de la corrupción, y tras la corrupción, como hemos señalado ya, el régimen oligárquico de las doscientas familias, las cuales, cabe subrayar ahora, en Cataluña controlan las cúpulas de todos los partidos parlamentarios.

Y los ciudadanos quizá no lo saben explicar con detalle sociológico, pero lo intuyen con convicciones cada vez más arraigadas como que „todo está podrido“, „todos los partidos son iguales“, etcétera.

La mayoría de los catalanes recordamos el escándalo del 3%. En aquel momento parecía que se había levantado la tapa del basurero oligárquico y que los juzgados acreditarían con sentencias lo que hacía años que venían oliendo los trabajadores. Era una bocadana de aire limpio y la agradable imagen de algunas cabezas rodando, que ya era hora, pero sobretodo era el sueño de un cambio real hacia la democracia de verdad, que es lo que la mayoría de los ciudadanos anhelamos para Cataluña. Sin embargo, aquella afirmación tan gruesa de la existencia de la corrupción pujolista institucionalizada, hecha por boca de un presidente de la Generalitat, se quedó en nada. ¿Qué fue, en efecto, del 3%? Poca cosa. Las aguas del oasis han reingresado en su cauce pútrido. Todo vuelve a ser como antes, si no peor, con la cotidiana noticia del fracaso de Cataluña como sociedad día sí, día también, pero siempre con España y Madrid como chivos expiatorios de cualquier nuevo desastre que haga enrojecer de vergüenza a nuestros patéticos representantes gubernamentales.
 

No sorprende que los políticos del catalanismo se vean forzados a organizar un 1º de diciembre „por el derecho a decidir“ en una manifestación que tiene como única finalidad engañar a la ciudadanía sobre las causas reales de la crisis endémica en la que estamos inmersos. Los políticos, es evidente, no pueden reconocer que ellos mismos representan la raíz del problema y no la solución. Si las cosas van mal es porque supuestamente no tienen suficiente poder y están faltos de las prerrogativas legales para gobernar. Démosles más poder, pues. Y esto significa: más dinero y cargos a repartir entre la oligarquía. !Sinverguenzas!

En defintiva, cuando se abre un agujero, uno de los muchos agujeros que oculta la sociedad catalana y que irán haciéndose visibles a medida que pase el tiempo -a menos que hagamos algo para limpiar las instituciones públicas-, los auténticos responsables, los políticos oligárquicos, no se conforman con callar y esconderse, necesitan identificar un culpable, como los nazis con los judíos, y salen a la calle a insultar nuestra inteligencia con demagogia independentista que ni siquiera ellos mismos se toman en serio, pero que hace bonito y viste de patriota.

Además, apuntar hacia el gobierno central como causa de todos los males que padecemos les resulta muy fácil porque cada dia en TV3 nos lavan el cerebro con un catalanismo racista, violento, demagógico e hipócrita que difama todo lo español y, por tanto, ofende a la mayoría de los ciudadanos de esta comunidad, los cuales, guste o no a los sectarios de la lengua, nos sentimos españoles y catalanes a partes iguales, sin problema alguno de pureza étnica.
 

Porque si las prisiones o las escuelas de la Generalitat no funcionan bien, la causa no es España, por mucho que nos lo quieran hacer creer a base de intoxicación propagandística y pedagogía del odio. Las transferencias de competencias de servicios penitenciarios o educación se hicieron efectivas veinte años atrás y los resultados no pueden ser más espeluznantes.


 

¿Se solucionan los problemas de Cataluña con nuevas inyecciones de dinero procedentes del Estado? No. La cuestión es qué se hace con ese dinero. Si va a parar a los bolsillos de la oligarquía familiar catalana y de toda la caterva de parásitos que le tapa las vergüenzas al hijo tonto de la mamá convertido en director general o profesor universitario, mejor que dichos caudales se queden en Madrid donde, por ejemplo, han construido decenas de prisiones que rehabilitan a los presos mientras aquí hemos inaugurado sólo una en veinte años y, por si fuera poco, no resocializamos ni reeducamos a los presos, sino que convertimos a los drogaadictos en ladrones profesionales y a los ladrones profesionales en asesinos.

Partit per Catalunya quiere ir a la raíz de los problemas de incompetencia de los poderes públicos que padece nuestra comunidad autónoma, a saber: la corrupción, resultado necesario del régimen oligárquico familiar catalán. Nosotros no somos un partido más, somos el pueblo levantado en santa indignación, harto de los „partidos“ y de los politicastros putrefactos de siempre.

Por este motivo, apoyar a la PxCat es la mejor respuesta de los que ya han perdido la fe en los políticos profesionales. Porque nosotros vamos contra esta clase política en su conjunto y no a poner paños calientes para, a renglón seguido, reconciliarnos con el sistema oligárquico, como han hecho bien pronto los Ciutadans de Boadella. Queremos extirpar el tumor antidemocrático que pudre por dentro nuestra sociedad y, si tú quieres, los corruptos con corbata que te han estafado mil veces y se ríen en tu cara una vez que les has dado ya el voto, no nos podrán detener. Habrá un antes y un después de Partit per Catalunya, porque esta auténtica revolución cívica que supone exigir el cumplimiento de la ley y la autoafirmación de las instituciones como modelos ético-normativos de conducta pública, sólo puede favorecer al pueblo.

Así, te pedimos sólo una cosa: que le des su oportunidad a la ley y que todos estos políticos impresentables que, ora meriendan con ETA, ora nos traen a los esquiroles, ora se venden a los bancos, ora roban el dinero público, acaben en la cárcel, en el paro o, como mínimo, en la oposición, donde han de permanecer por mucho tiempo. Llegado este momento, el país comenzará por fin a progresar y prodrás comprobar que se produce una mejora real en tu vida cotidiana, única prueba incuestionable de que las instituciones democráticas funcionan de verdad.

Comité Ejecutivo del Partit per Catalunya (PxCat)

Cervera, diciembre de 2007

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